
en la vida. Era aguerrido de nombre y bastardo de apellido. Fuerte, inconstante, rencoroso, Antonio dejó la escuela a los 26 años y se lanzó por entero, ciegamente, a la vida instrumental, esto es, se dedicó a la música. La música era su vida, su contento, su pasión, sus órdenes, mi sargento. Antonio también era pescador por lo que después de dejar a su familia se le conoció por Martín. Durante los fríos y secos inviernos del Sur-Oeste de Albarracín, cuando los céfiros y los Austros barren las prístinas llanuras, y los abetos elevan sus copas nevadas, anhelantes, hacia el cielo, gustaba Antonio de atrapar sus arreos de pesca, entre los que se contoba
un anzuelo y un sedal, y dirigirse con muecas salvajes al lago de San Marcial. Es éste uno de los lagos con más agua de todo el pueblo y en el que más peces con branquias había. Antonio nunca consiguió pescar nada aunque tampoco lo intentó. A decir verdad, él mismo se tragaba el cebo, porque no quería que los peces deglutaran esa porquería artificial y antiecológica. Antonio es un filántropo, un enamorado de los llanos coralinos y de los gatos pardos, sobre todo por la noche. Antonio nunca ha visto nada con buenos ojos. Es ciego, el pobrecito, y tampoco pertenece a este mundo, como Andrés. Le gusta soñar, soñar en blanco y negro, con un futuro que te permita ver algo limpia y claramente, sin suciedad, sin impurezas, sin mácula. Antonio quisiera tener una fábrica de detergentes.
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